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11/03/2012

El Vikingo Viril/Capitulo 4

Summary: Magnus Ericsson, un apuesto vikingo del s. X tiene un grave problema que le trae loco: por si no fuera suficiente criar a diez hijos sin la ayuda de una madre, le acaban de entregar a un nuevo vástago. Así que Magnus toma la única decisión que cree que puede solventar la situación: ser célibe. Resuelto a cumplir su promesa se embarca con toda su prole en busca de nuevas tierras. Una vez en el mar, Magnus tiene una visión sobre una anciana rezando y lo siguiente que recuerda es que ha llegado a un nuevo lugar, llamado Hollywood, donde están haciendo un casting para una película de vikingos y con unas costumbres que no consigue entender.
Angela Abruzzi, agente inmobiliaria de Hollywood, está harta de escuchar como su abuela la conmina para que la dé muchos bisnietos. Ahora, acaba de toparse con el hombre más extraño que jamás haya conocido... un hombre que enciende su deseo con la misma intensidad que consigue irritarla... pero él ha jurado ser célibe..
Magnus es un vikingo del s. X dedicado a la agricultura... Angela es la propietaria de una viña del s. XXI. Él es el padre de once niños muy traviesos... a ella no paran de decirle que ya va siendo hora de que sea madre.
Él quiere ser célibe... aunque es un hombre muy viril.

Capítulo 4

Aquel hombre era como un árbol...

Angela intentó serenar su errática respiración. Qué extraño efecto había surtido en ella un hombre que debía resultarle completamente falto de atractivo. Debía de ser el calor, o la preocupación por su acuerdo con Darrell Nolan, y aquel extraño suceso en medio del decorado de la película. No es que se sintiera atraída por aquel hombre. Nada de eso.
¡Cuánta agresividad! ¡Qué descaro! ¡Saltarse las audiciones para llamar la atención de ese modo! ¡Qué arrogancia! ¡Qué engreimiento!. ¡Menudo actor!.
Aquel tipo le recordaba a su ex marido. Al Merluza siempre le había gustado ser el centro de atención. Exigía la mejor mesa cuando salían a comer, e insistía en lucir marcas de las tiendas más exclusivas de la ciudad para su «vestuario Hollywoodiense. Angela, que era reticente por naturaleza, se avergonzó al recordarlo.
Aquel hombre era alto. Medía por lo menos un metro noventa y cinco. Ella no era baja —medía un metro setenta—, pero estar junto a aquel tipo era como estar junto a un árbol. Hasta sus piernas y brazos, que su túnica de cuero atada con un cinturón dejaba al descubierto, parecían las ramas de un árbol. Era, además, corpulento —probablemente pesaba más de ciento diez kilos—, y tenía músculos por todas partes.
Angela nunca había sido muy aficionada a los hombres musculosos. De ahí que hubiera donado a la beneficencia las máquinas de gimnasia del Merluza en cuanto su ex marido se fue de casa, como acto simbólico de desdén hacia la obsesión del Merluza por su forma física.

07/03/2012

Todo por Honor/Capitulo 4

Summary: Renesme Cullen conoció a Jacob Black en extrañas circunstancias: le pilló saqueando su refrigerador. No sabía si aquel convicto huido de la cárcel era peligroso o era un héroe encarcelado por un delito que no había cometido. Pero no importaba lo que ella pensara, porque ahora era su rehén y no le quedaba más remedio que acompañarlo a la reserva india donde había nacido.

Durante el viaje, Renesme se sintió a ratos intrigada y a ratos furiosa con aquel hombre que no se esforzaba por ocultar el deseo que sentía por ella... ni el odio que sentía por su raza.
Pero en cuanto lo vio entre los suyos, inmerso en las sagradas tradiciones de su pueblo, Renesme descubrió al verdadero Jacob
Aclaración: Esta historia es Obra de Sandra Brown. Los Personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

El hombre uniformado se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con la manga. Renesme se sentó y apercibió que el uniforme era de sheriff o por lo menos de su ayudante.
            —Estela, ponme una cerveza —gritó el recién llegado en cuanto se hubo cerrado la puerta.
            La rubia camarera se volvió a él y lo obsequió con una amplia que indicaba su nivel de familiaridad.
            —Vaya, mira lo que acaba de traer el gato —comentó, mientras apoyaba los codos sobre la barra, mostrando el pecho en todo su esplendor. El sheriff mostró su aprobación con una sonrisa lasciva.
            — ¿A que me has echado de menos?
            —Que va —contestó ella, arrastrando las palabras, mientras se llevaba un brazo al cuello bronceado, y él se sentaba en un taburete en frente—.Ya sabes cómo soy: ojos que no ven, corazón que no siente
            —Llevo dos días buscando a un maldito indio del que nadie ha visto un pelo. Lo que necesito es un par de birras bien frías y un poquito de cariño.
            — ¿Por ese orden? —le pregunto ella, mientras se apoyaba sobre la barra y acercaba los labios a los del sheriff.
            Él la besó y luego le dio un manotazo en el amplio trasero.
            —Dame esa cerveza.
            La camarera hizo lo que le había pedido el cazador mientras la presa de este se volvía a sentar furioso en el reservado junto a Renesme.
            —Maldita sea —masculló, mientras se daba un puñetazo en la pierna bajo la mesa—. Un par de minutos mas y nos habríamos ido. ¡Maldita sea!
            Siguió con la letanía al tiempo que arrinconaba a Renesme para hacer ver que se lo estaban montando.
            —Ni se te ocurra hacer nada para llamar su atención —le advirtió—. Porque para rescatarte, monada, tendrá que pasar sobre mi.
            — ¿Que piensas hacer?
            —De momento, más de lo mismo —dijo, mientras le besaba el cuello—. A lo mejor se va.
            Pero parecía que el oficial se iba a quedar toda la noche. Su «par de cervezas» se convirtieron en tres y luego cuatro. Estela no se movió de su lado, a menos que tuviera que atender a algún otro cliente. Tonteaban de manera descarada, intercambiando insinuaciones sexuales, hasta que sus bromas provocativas se tornaron en susurros suaves y privados, salpicados con la sensual risa de Estela. Las manos del sheriff no se estuvieron quietas, y no dejaron de acariciarla, a lo que ella no  puso reparos.

03/03/2012

Romance Silencioso/Capitulo 4


Sumary: Bella es una joven y competente maestra de chicos sordos. Su pasado oculta una herida sin cicatrizar, su presente es una fachada, y ella usa su carrera para paliar su soledad.
Edward, superestrella de una popular novela, tiene dos secretos: una esposa muerta que no logra olvidar y la hija de ambos, Renesmee con una discapacidad auditiva.
Tres seres cuyos destinos se entrelazan.
La felicidad está al alcance de su mano, pero deberán encontrar una voz para expresar los deseos de su corazón.
Aclaración: Esta historia es Obra de Sandra Brown. Los Personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

Capitulo 4

—Renesmee, Renesmee
Los rizos dorados se movieron cuando la pequeña giró la cabeza en dirección al sonido dis¬torsionado que había oído y reconocido como su propio nombre. El audífono quedaba oculto debajo de sus rizos.
—Usa la servilleta —le hizo señas Bella y lo dijo en voz alta mientras sonreía. —¿Está rico? —preguntó. Le gratificó que Renesmee hiciera la seña de sí y tratara de decirlo.
Estaban en una cafetería del Aeropuerto de La Guardia y esperaban a que sonara el anuncio de que el vuelo a Alburquerque estaba listo para ser abor¬dado. Renesmee atacaba en ese momento un helado de vainilla, mientras Edward y Bella la observaban con atención.
—Renesmee ha progresado tanto en estas dos sema¬nas. Es increíble, Bella.
A Bella se le apretó el corazón cuando Edward pronunció su nombre, pero ocultó su reacción.
—Es verdad —dijo, con una aparente calma que no sentía.
Estaba a punto de irse y no podría seguir viéndolo, ni siquiera en el nivel impersonal que se había impuesto en todas las reuniones con él desde la noche del beso. Mantener la conversación era imperativo hasta que ella y Renesmee estuvieran listas para abordar el avión. Un silencio incómodo le resultaría intolerable.
—Recuerde que no debe esperar demasiado —le advirtió Bella.
—No lo haré —prometió él solemnemente.
—Sí que lo hará —dijo Bella, rió, y él le devolvió la sonrisa.
Las dos semanas anteriores habían pasado volan¬do. Edward había manejado todo a la perfección: se hizo cargo del alquiler del departamento de Bella, aunque todavía faltaban tres meses para la fecha de la renovación, y se ocupó de solucionar todo lo relativo al viaje y de mantener informada a Bella de los preparativos que se estaban llevando a cabo en Nuevo México.

27/02/2012

El Vikingo Viril/Capitulo 3


Summary: Magnus Ericsson, un apuesto vikingo del s. X tiene un grave problema que le trae loco: por si no fuera suficiente criar a diez hijos sin la ayuda de una madre, le acaban de entregar a un nuevo vástago. Así que Magnus toma la única decisión que cree que puede solventar la situación: ser célibe. Resuelto a cumplir su promesa se embarca con toda su prole en busca de nuevas tierras. Una vez en el mar, Magnus tiene una visión sobre una anciana rezando y lo siguiente que recuerda es que ha llegado a un nuevo lugar, llamado Hollywood, donde están haciendo un casting para una película de vikingos y con unas costumbres que no consigue entender.

Angela Abruzzi, agente inmobiliaria de Hollywood, está harta de escuchar como su abuela la conmina para que la dé muchos bisnietos. Ahora, acaba de toparse con el hombre más extraño que jamás haya conocido... un hombre que enciende su deseo con la misma intensidad que consigue irritarla... pero él ha jurado ser célibe..
Magnus es un vikingo del s. X dedicado a la agricultura... Angela es la propietaria de una viña del s. XXI. Él es el padre de once niños muy traviesos... a ella no paran de decirle que ya va siendo hora de que sea madre.
Él quiere ser célibe... aunque es un hombre muy viril.

Capítulo 3

Hollywood, el país de los sueños...

—¡Tienes que estar soñando!
A Angela no le sorprendió la reacción de Darrell Nolan a su contraoferta de medio millón de dólares por usar el Dragón Azul como escenario de su nueva película, Las uvas del pecado. Sabía de antemano que iba a tener que servirse de alguna de las tácticas de persuasión que había perfeccionado durante los años anteriores, mientras trabajaba —con mucho éxito, por cierto— como agente inmobiliario.
—No, no estoy soñando. Cuando veas el viñedo de mi abuela, te darás cuenta de que es la localización perfecta para la película. Vale hasta el último centavo.
—Desde luego, tendré que verlo con mis propios ojos si voy a pagar doscientos mil dólares.
—Quinientos mil —repitió ella.
—Cariño, por medio millón podría conseguir el Taj Mahal.
Angela se encogió de hombros y procuró aparentar indiferencia, a pesar de que estaba desesperada. Al oír que el productor la llamaba «cariño», había apretado los dientes. Aquel galán de espesa y blanca cabellera, bronceado a lo George Hamilton, pertenecía a otra era. No comprendía lo ofensivo que resultaba aquel cumplido en el ambiente de trabajo moderno. En cuanto Angela se descuidara, Darrell le estaría pellizcando la mejilla. Procuró dejar a un lado su irritación y dijo:
—Mi precio es firme.
—Y tu trasero también —contestó él, moviendo las cejas sugestivamente al tiempo que rodeaba su mesa, y en efecto, un momento después le pellizcó la mejilla. Ni siquiera se detuvo a observar la reacción de Angela. Se dirigió tranquilamente hacia los ventanales que ocupaban por completo dos paredes de su lujoso despacho en el edificio de los estudios Universal. Aquel nombre era una demanda por acoso sexual con patas, incluso allí, en Hollywood, donde el comercio de favores sexuales a cambio de algún papelito en el cine estaba a la orden del día. Por otro lado, Nolan era un genio como productor y un hombre sumamente respetado en todo el mundo por la calidad de sus películas.
—Mira, Angie... —comenzó a decir.
Angela odiaba fervorosamente aquel diminutivo. Si no se andaba con cuidado, acabaría lastimándose las encías de tanto apretar los dientes.
—Ya tengo problemas financieros para encontrar el reparto de esta película.
Angela había oído rumores de que Angelina Jolie y Benjamin Bratt iban a hacer los papeles protagonistas. Así que seguramente había mucho dinero en juego. Sus quinientos mil dólares eran pura calderilla.
—Tengo que recortar costes de algún modo.
«Esa cara de pena no va a servirte de nada conmigo, machote.»
—Pero el tiempo es oro, Darrell. Yo tengo una localización perfecta para ti, un viñedo espectacular y en pleno funcionamiento. Cada semana que pases buscando uno más barato te costará dinero.
—En eso tienes razón.
—¿Por qué no fijamos un día para que vengas a verlo? No te obceques con el precio hasta que hayas visto la finca.
Angela confiaba en que, una vez le echara un vistazo al Dragón Azul, la cuestión del dinero dejaría de tener importancia.
Nolan estuvo de acuerdo y le aseguró que visitaría el Dragón Azul con su equipo la próxima semana, contando a partir del jueves.
—La verdad es que tengo problemas más importantes que la localización de mi próxima película. Debo terminar el proyecto en el que estoy trabajando ahora, una nueva versión de ese viejo clásico de Kirk Douglas, Los vikingos, y Dirk Johansson se ha largado del rodaje otra vez. ¡Dios mío, ese tipo es un capullo! Primero no le gustaba su compañera...
Angela arrugó el ceño.
—Creía que en esa película actuaba Pamela Templeton.
—Sí, así es —dijo Darrell asintiendo con la cabeza—. Y, por todos los diablos ¿qué hombre con sangre en las venas no querría tener a esa diosa rubia por compañera de reparto? Sólo el mayor ególatra del mundo.
Angela tuvo que sonreír. Había leído suficientes artículos de la revista Variety como para saber que Johanson era célebre por su elevada opinión de sí mismo. Según se contaba, había tantos espejos en su mansión de Bervely Hills que ésta parecía un burdel. Pamela Templeton era asombrosamente bella y sensual, la pareja perfecta para un guerrero nórdico, pensaría cualquiera. Pero Johanson debía de considerarla una rival a causa, precisamente, de su belleza.

25/02/2012

Todo por Honor/Capitulo 3

Summary: Renesme Cullen conoció a Jacob Black en extrañas circunstancias: le pilló saqueando su refrigerador. No sabía si aquel convicto huido de la cárcel era peligroso o era un héroe encarcelado por un delito que no había cometido. Pero no importaba lo que ella pensara, porque ahora era su rehén y no le quedaba más remedio que acompañarlo a la reserva india donde había nacido.

Durante el viaje, Renesme se sintió a ratos intrigada y a ratos furiosa con aquel hombre que no se esforzaba por ocultar el deseo que sentía por ella... ni el odio que sentía por su raza.
Pero en cuanto lo vio entre los suyos, inmerso en las sagradas tradiciones de su pueblo, Renesme descubrió al verdadero Jacob
Aclaración: Esta historia es Obra de Sandra Brown. Los Personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo tres
           
            —Levántate.
            Renesme curioseó con la vista, incapaz de recordar por que le aterrorizaba despertar. Entonces alguien le sacudió el hombro y recordó. Abrió los ojos de golpe. Se incorporó y se sentó en la cama, sujetando la manta sobre su cuerpo desnudo. Se retiró el pelo alborotado de los ojos y miró a la lejana silueta de Jacob Black.
            Le había costado horas dormirse, horas en las que había permanecido tumbada al lado de su secuestrador escuchando su respiración rítmica, y sabiendo que se había dormido enseguida. Había intentado desatarse el brazo del cabecero hasta que había logrado que le doliera todo el cuerpo por el vano intento, Finalmente lo había maldicho y se había rendido, relajándose lo suficiente para cerrar los ojos. Después, su cuerpo había podido y al fin se había dormido.
            —Levántate —repitió él lacónicamente—. Y vístete. Nos vamos.
            A los pies de la cama estaban las medias que la habían sujetado tanto a la cama como a él. Se dio cuenta de que la había liberado en algún momento, y se preguntó por que no se había despertado entonces, si su toque habría sido tan diestro y suave. Entonces recordó que había sentido frío al despuntar la mañana, y se volvió a preguntar si él la había cubierto, lo cual la hizo temblar.
            La alivió ver que él ya estaba vestido con la misma ropa polvorienta que había desperdigado la noche anterior antes de meterse en la ducha, aunque había sustituido la manga que llevaba en la cabeza por una de sus diademas. El pendiente y la cruz aún le brillaban en contraste con la piel cobriza, y pudo percibir el aroma del champú sobre su cabello negro como el ébano.
            No lo había imaginado. Jacob Black era muy real y personificaba todas las pesadillas de cualquier mujer, o todos sus sueños.
            De repente volvió de sus pensamientos.
            —¿Que nos vamos? ¿Adónde? Yo no voy a ir a ningún sitio contigo.
            El gesto de desdén del delincuente le mostró el crédito que daba a su protesta. Abrió el armario de Renesme y comenzó a hurgar entre las perchas.
            Dejó pasar algunos vestidos de diseñador y camisas de seda para sacar unos vaqueros viejos y una camisa informal, que le tiró sobre la cama.
            Después se inclinó para mirar los zapatos, y tomó un par de botas sin tacón. Las llevó a la cama y las dejó en el suelo.
            —Puedes vestirte tú misma o... —dijo, haciendo una pausa mientras la miraba bajo la manta con sus ojos negros— o puedo vestirte yo. En cualquier caso, salimos en cinco minutos.
            Tenía una postura muy descarada. Con los muslos abiertos, el pecho fuera y la cabeza bien alta, llevaba la arrogancia estampada en el rostro de nativo americano. La autoconfianza emanaba de él como el olor a almizcle de su cuerpo.
            Ceder dócilmente a tan pura audacia era inaguantable para Renesme Cullen.
            —¿Por qué no me puedes dejar aquí?
            —Pregunta estúpida, Renesme, e indigna de ti.
            Ella lo reconoció, consciente de que en cuanto lo perdiera de vista, correría gritando por la calle hasta que alguien la oyera, y las autoridades estarían en su busca antes de que cruzara el límite de la ciudad.
            —Eres mi seguro. Cualquier preso fugado que se precie tiene un rehén —dijo, acercándose un paso—. Y mi paciencia con mi rehén se esta agotando. ¡Saca el trasero de esa maldita cama!
            Aunque irritada, obedeció prudentemente, llevando consigo la manta.
            —Al menos ten la decencia de darte la vuelta mientras me visto.
            Él arqueó una de sus cejas negras con forma de V invertida.
            —¿Estas pidiendo un acto de nobleza a un indio?
            —No tengo prejuicios raciales.
            Él le miró el cabello bronce y liso y sonrió con desdén.
            —No, supongo que no, porque dudo que ni siquiera supieras que existimos —dijo, y, girando sobre sus talones, salió de la habitación.
            Se sintió ofendida por el insulto y agarró enfadada la ropa que el había escogido. Encontró un sujetador y un par de calcetines en la pila de ropa que él había dejado en el suelo la noche anterior tras vaciar sus cajones.
            Tan pronto como se hubo puesto los pantalones, corrió a la ventana y la abrió. Pero entonces un brazo oscuro y fuerte apareció desde detrás, agarrándole la muñeca con sus fuertes dedos.
            —Me estoy cansando de tus jueguecitos, Renesme.
            —Y yo me estoy cansando de que me trates así—gritó ella, tratando de liberarse.
            Él la soltó solo después de haber vuelto a cerrar la ventana. Resentida, ella se masajeó el brazo alrededor de la muñeca para recuperar la circulación mientras lo miraba. Siempre había despreciado a los matones,
            —Escucha, señorita, si no necesitara tu protección no te daría ni un día. Así que no tientes tu suerte –la amenazó Black, y, dándole la vuelta, le dio un pequeño empujón en la espalda—. Andando.
            La llevó a la cocina, donde tomó un termo y una bolsa llena de provisiones.
            —Veo que ya te sientes como en casa —dijo ella.
            Por dentro, se estaba maldiciendo por haber dormido tanto, pensando que se podía haber escapado por la ventana mientras él se servía café y le saqueaba la despensa.
            —A donde vamos nos van a hacer falta las provisiones.
            —¿Y dónde es eso?
            —Donde vive la otra mitad.
            No explicó más, sino que, sujetándola con fuerza del brazo, llevó a Renesme al garaje. Tras abrir la puerta trasera del coche, la metió dentro y rodeó este para meterse tras el volante. Colocó el termo y la bolsa entre ellos y ajustó el asiento tan lejos como pudo para que le cupieran las largas piernas. Abrió la puerta del garaje con el mando que ella siempre dejaba en el salpicadero, Una vez que hubo sacado el coche, la volvió a cerrar del mismo modo. Al final de la calle, maniobró con agilidad para meterse en el tráfico del bulevar.
            —¿Cuánto tiempo estaré fuera? —preguntó ella.
            Jacob no se detuvo junto a ningún coche el tiempo suficiente para que ella pudiera hacer contacto visual con ningún conductor o pasajero. No había ningún coche de policía a la vista. Black conducía con cuidado y dentro de los límites de velocidad; no era ningún tonto.
            Tampoco era muy hablador, y no contestó a su pregunta.
            —Me echarán en falta, ¿sabes? Tengo un negocio, y cuando no aparezca en el trabajo la gente empezará a buscarme.
            —Ponme café.
            A Renesme se le abrió la boca ante el modo tan imperativo en que le dio la orden, como si él fuera el valiente guerrero piel roja y ella su sqwaw.
            —Vete al infierno.
            —Ponme café.
            Si le hubiera gritado, ella quizá se habría enfrentado a él. Pero las palabras salieron de sus labios tranquilamente, llenándola de escalofríos.
            Hasta aquel momento no la había herido, pero era considerado peligroso. Aún llevaba el cuchillo de cocina en la cintura. Una mirada a sus ojos negros, que abandonaron la carretera el tiempo justo para clavarla al asiento, le demostraron que era un enemigo reconocido.
            Encontró dos tazas de poliestireno en la bolsa que Jacob había llevado Y sirvió con cuidado media taza de café humeante y aromático del termo. Él no le dio las gracias cuando se lo ofreció, sino que dio un trago, entrecerrando los ojos por el vapor.
            Sin pedir permiso, ella se sirvió otra taza y cerró el termo, Se quedó mirando el café mientras daba vueltas a la taza con las palmas de las manos. Y se preguntaba cuáles serían sus planes para ella. Estaba tan concentrada que casi dio un salto cuando él le habló de repente.
            — ¿Qué tipo de negocio?
            — ¿Qué?
            —Has dicho que tenías un negocio.
            —Ah, un estudio fotográfico.
            — ¿Haces fotos?
            —Sí, sobre todo retratos. Novias, bebés, graduaciones, ese tipo de cosas.
            Al terminar la carrera de Periodismo, Renesme había tenido aspiraciones de revolucionar el mundo con su provocador foto—periodismo, viajar a través del mundo plasmando incendios, hambre e inundaciones en película. Le habría gustado provocar emociones intensas como ira, amor y compasión en cada fotografía.
            Pero sus padres tenían planes totalmente diferentes para su única hija. Edward Cullen era un prominente hombre de negocios en Scottsdale, y su esposa, Isabella, era una reina de la sociedad.
            Esperaban de su hija que hiciera lo “adecuado”, entretenerse con proyectos adecuados hasta que se decidiera a casarse con un joven adecuado. Había muchos clubes a los que podía afiliarse y muchos comités que podría presidir. También podía hacer obras de caridad, siempre que no se involucrara personalmente.
            Una carrera, especialmente una tan arenosa como la de viajar a remotas partes del mundo para tomar fotos de cosas demasiado horribles para discutir en las cenas de gala, desde luego no encajaba en los planes de sus padres. Tras meses de interminables peleas, acabaron por agotarla y se había doblegado ante su voluntad.
            Como concesión, su padre le había financiado un estudio de fotografía donde podía hacer insulsos retratos de los amigos de sus padres y sus vástagos. No era una mala ocupación; tan sólo un grito en la distancia del significativo trabajo que ella siempre había querido realizar.
            Se preguntó que dirían sus padres si la vieran en compañía de Jacob Black y fue incapaz de aguantar la risa.

23/02/2012

Un largo Atardecer/Capitulo 22

Summary: Perseguidos por sus respectivos recuerdos, Isabella y Edward se dirigen a Texas en una caravana. El destino ha elegido una manera peculiar de unirlos: ella acaba de alumbrar a un niño muerto; él, padre de un recién nacido, ha perdido a su esposa en el parto. Entre los colonos rumbo al Lejano Oeste, cuya única ley es la supervivencia, la solución es obvia, de modo que Isabella se convierte primero en madre del pequeño y después, inevitablemente, en mujer de Edward. Surge entre ambos un ardiente amor, pero cuando la felicidad parece ya al alcance de sus manos, el pasado irrumpe en sus vidas y arremete brutalmente contra sus esperanzas.

Aclaracion: La historia es obra de Sandra Brown. Los personajes de Stephenie Meyer.

Capitulo 22



Edward contempló sus botas y el sucio suelo, tan mugriento como él. Sin afeitar, sin lavar, manchado de sudor. La sangre de Isabella había dejado una mancha parduzca en su camisa.
«Cuatro días -pensó- con las manos enlazadas entre las rodillas.» Cuatro jodidos días llevaba sentado en aquella celda, sin saber si Isabella vivía o había muerto. ¿Dónde estaba, dónde estaba Lee? Suponía que Laurent se habría hecho cargo del niño, pero tampoco estaba seguro.
Al parecer sus costillas no se habían roto del todo. Durante los dos primeros días se había quedado tendido e inmóvil, con la esperanza de que se curarían por sí solas, pero el dolor no era nada comparado con su angustia.
No había visto a nadie, salvo a los demás prisioneros, que por lo general habían sido encerrados por borrachos y por escándalo público. Después de mear y vomitar en un rincón, y de caer dormidos a causa del whisky, eran puestos en libertad. El gordo
ayudante del sheriff que traía las sobras de la comida no le había dicho nada.
No sabía nada, salvo que un detective de la Pinkerton y Marco Vulturi habían
descubierto quién era en realidad Edward Cullen y le habían seguido la pista. Sería juzgado, pero no era difícil adivinar cuál sería el veredicto. Le colgarían.
Se levantó del sucio catre y paseó por la celda cuadrada, sin pisar los montoncitos de lodo que prefería no identificar. ¿Por qué no había muerto tres años antes, a causa de las heridas-que deberían haberle matado? Isabella había dado su vida por salvarle.
¿Podía pedir alguien más amor? Y había muerto pensando que la odiaba.


-Cullen.
Giró en redondo. Era el ayudante del sheriff. Aquel hombre era un cerdo, tanto por su falta de higiene como por su comportamiento. Edward no contestó.
Tiró un par de esposas entre los barrotes. Edward las atrapó en el aire.
-Póntelas -dijo el ayudante, mientras masticaba tabaco y un reguero parduzco
resbalaba por las comisuras de su boca carnosa.
Edward obedeció. ¿Es que por fin iba a poder ver al detective, para que éste le
interrogara y tomara nota de su confesión? No soltaría prenda hasta saber el estado de Isabella. Y si había... muerto, no diría nada hasta que le permitieran ver su cuerpo.

El carcelero abrió la puerta y con un cabeceo indicó a Edward que saliera. Caminaron por el estrecho pasillo, yendo el guardián unos pasos por detrás del prisionero. La atmósfera de la habitación exterior, pese a su estrechez y el calor del verano, era mucho más soportable que la de la celda, y Edward inhaló grandes cantidades de aire para eliminar el hedor que había quedado adherido a sus fosas nasales.
-Vamos -dijo el ayudante. Encajó el sombrero de Edward sobre la cabeza de éste . Y nada de trucos -advirtió.
Guió a Edward por las aceras de la ciudad. Los transeúntes, que se dirigían a sus asuntos, apenas dedicaron una mirada al hombre esposado. Por lo visto, Tanner no había anunciado la identidad del prisionero. Su nombre no sería muy conocido en aquella parte del Oeste, aunque todo el mundo había oído hablar de Jesse y Frank Logan. La falta de curiosidad acerca de su persona era sorprendente.
Recorrieron varias manzanas hasta que el ayudante se detuvo.
-Aquí -dijo, y subieron por la acera de piedra que conducía a la pulcra casa de un piso.
Edward dejó que el hombre le empujara por la puerta hasta entrar en un vestíbulo, donde se oía el tictac de un reloj de péndulo.
-¡Doc! -llamó el ayudante.
Un hombre salió de una habitación situada en la parte posterior de la casa y cerró la puerta a su espalda. Tiró del chaleco sobre su panza y caminó hacia ellos. Lanzó una mirada poco amistosa al ayudante.
-Gracias, Ernie -dijo el médico.
Pasó junto a Edward para abrir la puerta, una sutil manera de indicar al ayudante que podía marcharse. El gordo saludó con el sombrero a regañadientes y salió.
El hombre bajo y calvo contempló el rostro barbudo de Edward.
-Soy el doctor Hanson. -Señaló la puerta por la que acababa de salir-. Su esposa está ahí dentro.
El corazón de Edward dio un vuelco. Debía estar muerta. De lo contrario, no le habrían sacado de la cárcel. De haber estado viva, le habrían dado permiso para visitarle en la cárcel. Dio un hondo suspiro, y con la respiración entrecortada avanzó hacia la puerta. Fue difícil, pero logró girar el pomo aún con las manos esposadas. Cruzó la puerta y la cerró una vez dentro. Poco a poco, dio media vuelta y paseó la vista por aquella habitación ventilada por la brisa, hasta que descubrió la cama.

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