Summary: Renesme Cullen conoció a Jacob Black en extrañas circunstancias: le pilló saqueando su refrigerador. No sabía si aquel convicto huido de la cárcel era peligroso o era un héroe encarcelado por un delito que no había cometido. Pero no importaba lo que ella pensara, porque ahora era su rehén y no le quedaba más remedio que acompañarlo a la reserva india donde había nacido.
Durante el viaje, Renesme se sintió a ratos intrigada y a ratos furiosa con aquel hombre que no se esforzaba por ocultar el deseo que sentía por ella... ni el odio que sentía por su raza.
Pero en cuanto lo vio entre los suyos, inmerso en las sagradas tradiciones de su pueblo, Renesme descubrió al verdadero Jacob
Aclaración: Esta historia es Obra de Sandra Brown. Los Personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo tres
—Levántate.
Renesme curioseó con la vista, incapaz de recordar por que le aterrorizaba despertar. Entonces alguien le sacudió el hombro y recordó. Abrió los ojos de golpe. Se incorporó y se sentó en la cama, sujetando la manta sobre su cuerpo desnudo. Se retiró el pelo alborotado de los ojos y miró a la lejana silueta de Jacob Black.
Le había costado horas dormirse, horas en las que había permanecido tumbada al lado de su secuestrador escuchando su respiración rítmica, y sabiendo que se había dormido enseguida. Había intentado desatarse el brazo del cabecero hasta que había logrado que le doliera todo el cuerpo por el vano intento, Finalmente lo había maldicho y se había rendido, relajándose lo suficiente para cerrar los ojos. Después, su cuerpo había podido y al fin se había dormido.
—Levántate —repitió él lacónicamente—. Y vístete. Nos vamos.
A los pies de la cama estaban las medias que la habían sujetado tanto a la cama como a él. Se dio cuenta de que la había liberado en algún momento, y se preguntó por que no se había despertado entonces, si su toque habría sido tan diestro y suave. Entonces recordó que había sentido frío al despuntar la mañana, y se volvió a preguntar si él la había cubierto, lo cual la hizo temblar.
La alivió ver que él ya estaba vestido con la misma ropa polvorienta que había desperdigado la noche anterior antes de meterse en la ducha, aunque había sustituido la manga que llevaba en la cabeza por una de sus diademas. El pendiente y la cruz aún le brillaban en contraste con la piel cobriza, y pudo percibir el aroma del champú sobre su cabello negro como el ébano.
No lo había imaginado. Jacob Black era muy real y personificaba todas las pesadillas de cualquier mujer, o todos sus sueños.
De repente volvió de sus pensamientos.
—¿Que nos vamos? ¿Adónde? Yo no voy a ir a ningún sitio contigo.
El gesto de desdén del delincuente le mostró el crédito que daba a su protesta. Abrió el armario de Renesme y comenzó a hurgar entre las perchas.
Dejó pasar algunos vestidos de diseñador y camisas de seda para sacar unos vaqueros viejos y una camisa informal, que le tiró sobre la cama.
Después se inclinó para mirar los zapatos, y tomó un par de botas sin tacón. Las llevó a la cama y las dejó en el suelo.
—Puedes vestirte tú misma o... —dijo, haciendo una pausa mientras la miraba bajo la manta con sus ojos negros— o puedo vestirte yo. En cualquier caso, salimos en cinco minutos.
Tenía una postura muy descarada. Con los muslos abiertos, el pecho fuera y la cabeza bien alta, llevaba la arrogancia estampada en el rostro de nativo americano. La autoconfianza emanaba de él como el olor a almizcle de su cuerpo.
Ceder dócilmente a tan pura audacia era inaguantable para Renesme Cullen.
—¿Por qué no me puedes dejar aquí?
—Pregunta estúpida, Renesme, e indigna de ti.
Ella lo reconoció, consciente de que en cuanto lo perdiera de vista, correría gritando por la calle hasta que alguien la oyera, y las autoridades estarían en su busca antes de que cruzara el límite de la ciudad.
—Eres mi seguro. Cualquier preso fugado que se precie tiene un rehén —dijo, acercándose un paso—. Y mi paciencia con mi rehén se esta agotando. ¡Saca el trasero de esa maldita cama!
Aunque irritada, obedeció prudentemente, llevando consigo la manta.
—Al menos ten la decencia de darte la vuelta mientras me visto.
Él arqueó una de sus cejas negras con forma de V invertida.
—¿Estas pidiendo un acto de nobleza a un indio?
—No tengo prejuicios raciales.
Él le miró el cabello bronce y liso y sonrió con desdén.
—No, supongo que no, porque dudo que ni siquiera supieras que existimos —dijo, y, girando sobre sus talones, salió de la habitación.
Se sintió ofendida por el insulto y agarró enfadada la ropa que el había escogido. Encontró un sujetador y un par de calcetines en la pila de ropa que él había dejado en el suelo la noche anterior tras vaciar sus cajones.
Tan pronto como se hubo puesto los pantalones, corrió a la ventana y la abrió. Pero entonces un brazo oscuro y fuerte apareció desde detrás, agarrándole la muñeca con sus fuertes dedos.
—Me estoy cansando de tus jueguecitos, Renesme.
—Y yo me estoy cansando de que me trates así—gritó ella, tratando de liberarse.
Él la soltó solo después de haber vuelto a cerrar la ventana. Resentida, ella se masajeó el brazo alrededor de la muñeca para recuperar la circulación mientras lo miraba. Siempre había despreciado a los matones,
—Escucha, señorita, si no necesitara tu protección no te daría ni un día. Así que no tientes tu suerte –la amenazó Black, y, dándole la vuelta, le dio un pequeño empujón en la espalda—. Andando.
La llevó a la cocina, donde tomó un termo y una bolsa llena de provisiones.
—Veo que ya te sientes como en casa —dijo ella.
Por dentro, se estaba maldiciendo por haber dormido tanto, pensando que se podía haber escapado por la ventana mientras él se servía café y le saqueaba la despensa.
—A donde vamos nos van a hacer falta las provisiones.
—¿Y dónde es eso?
—Donde vive la otra mitad.
No explicó más, sino que, sujetándola con fuerza del brazo, llevó a Renesme al garaje. Tras abrir la puerta trasera del coche, la metió dentro y rodeó este para meterse tras el volante. Colocó el termo y la bolsa entre ellos y ajustó el asiento tan lejos como pudo para que le cupieran las largas piernas. Abrió la puerta del garaje con el mando que ella siempre dejaba en el salpicadero, Una vez que hubo sacado el coche, la volvió a cerrar del mismo modo. Al final de la calle, maniobró con agilidad para meterse en el tráfico del bulevar.
—¿Cuánto tiempo estaré fuera? —preguntó ella.
Jacob no se detuvo junto a ningún coche el tiempo suficiente para que ella pudiera hacer contacto visual con ningún conductor o pasajero. No había ningún coche de policía a la vista. Black conducía con cuidado y dentro de los límites de velocidad; no era ningún tonto.
Tampoco era muy hablador, y no contestó a su pregunta.
—Me echarán en falta, ¿sabes? Tengo un negocio, y cuando no aparezca en el trabajo la gente empezará a buscarme.
—Ponme café.
A Renesme se le abrió la boca ante el modo tan imperativo en que le dio la orden, como si él fuera el valiente guerrero piel roja y ella su sqwaw.
—Vete al infierno.
—Ponme café.
Si le hubiera gritado, ella quizá se habría enfrentado a él. Pero las palabras salieron de sus labios tranquilamente, llenándola de escalofríos.
Hasta aquel momento no la había herido, pero era considerado peligroso. Aún llevaba el cuchillo de cocina en la cintura. Una mirada a sus ojos negros, que abandonaron la carretera el tiempo justo para clavarla al asiento, le demostraron que era un enemigo reconocido.
Encontró dos tazas de poliestireno en la bolsa que Jacob había llevado Y sirvió con cuidado media taza de café humeante y aromático del termo. Él no le dio las gracias cuando se lo ofreció, sino que dio un trago, entrecerrando los ojos por el vapor.
Sin pedir permiso, ella se sirvió otra taza y cerró el termo, Se quedó mirando el café mientras daba vueltas a la taza con las palmas de las manos. Y se preguntaba cuáles serían sus planes para ella. Estaba tan concentrada que casi dio un salto cuando él le habló de repente.
— ¿Qué tipo de negocio?
— ¿Qué?
—Has dicho que tenías un negocio.
—Ah, un estudio fotográfico.
— ¿Haces fotos?
—Sí, sobre todo retratos. Novias, bebés, graduaciones, ese tipo de cosas.
Al terminar la carrera de Periodismo, Renesme había tenido aspiraciones de revolucionar el mundo con su provocador foto—periodismo, viajar a través del mundo plasmando incendios, hambre e inundaciones en película. Le habría gustado provocar emociones intensas como ira, amor y compasión en cada fotografía.
Pero sus padres tenían planes totalmente diferentes para su única hija. Edward Cullen era un prominente hombre de negocios en Scottsdale, y su esposa, Isabella, era una reina de la sociedad.
Esperaban de su hija que hiciera lo “adecuado”, entretenerse con proyectos adecuados hasta que se decidiera a casarse con un joven adecuado. Había muchos clubes a los que podía afiliarse y muchos comités que podría presidir. También podía hacer obras de caridad, siempre que no se involucrara personalmente.
Una carrera, especialmente una tan arenosa como la de viajar a remotas partes del mundo para tomar fotos de cosas demasiado horribles para discutir en las cenas de gala, desde luego no encajaba en los planes de sus padres. Tras meses de interminables peleas, acabaron por agotarla y se había doblegado ante su voluntad.
Como concesión, su padre le había financiado un estudio de fotografía donde podía hacer insulsos retratos de los amigos de sus padres y sus vástagos. No era una mala ocupación; tan sólo un grito en la distancia del significativo trabajo que ella siempre había querido realizar.
Se preguntó que dirían sus padres si la vieran en compañía de Jacob Black y fue incapaz de aguantar la risa.