En tu idioma

Seguidores

26/01/2012

El vikingo Salvaje/Capitulo 18

Sinopsis: Jorund Ericsson, mercenario vikingo, acaba de regresar a su hogar tras largos años de ausencia. Pero lo único que le aguardan son noticias devastadoras, su joven esposa y sus queridas hijas, gemelas de cinco años, han perecido debido a la hambruna que ha devastado su tierra. La culpa lo corroe. Es cierto que no se había casado por amor, pero adoró a sus hijas desde el mismo momento en que sus ojos se posaron en ellas. Sin embargo, Jorund no tiene tiempo de llorar su pérdida ya que su padre le pide que vaya en busca de su hermano Geirolf (protagonista de El Último Vikingo), recientemente desaparecido en el mar.


La doctora Maggie McBride, una psicóloga encargada de un centro de enfermos mentales, es madre de dos niñas gemelas de nueve años que están deseando encontrar un padre. Maggie estaría más que encantada de cumplir el deseo de sus hijas, pero aún no ha encontrado al hombre perfecto, ¿podría ser ese magnífico dios hercúleo que tiene como paciente y que dice venir del pasado?

Capítulo 18



Ese día, más tarde, Jorund seguía recorriendo la aldea de Rosestead.


—Estoy impresionado —le dijo a su hermano—. No sólo porque hayas levantado un próspero astillero de barcos vikingos y un negocio internacional de venta de artesanía vikinga, y una atracción turística, sino porque además ayudas a niños con problemas. Y fíjate en lo mucho que haces por informar a la gente de este país sobre los vikingos.


—Estoy orgulloso de mi trabajo —reconoció Rolf sin muestra alguna de falsa humildad. Así eran todos los hombres de su familia—. Era muy importante para mí que esta empresa tuviera éxito si quería encontrar mi lugar en este nuevo mundo. De no ser por esto, no sé qué habría hecho.


Jorund le entendía muy bien.


—Uno tiene que encontrar una ocupación que encaje con su talento y alimente su espíritu.


—Sí, exactamente. En fin, supongo que podría haber encontrado trabajo como ebanista, pero dudo que pudiera haber trabajado para otra persona. Estoy demasiado acostumbrado a mandar.


Jorund tenía que darle la razón en eso. Lo cierto era que no estaba seguro de si lograría encajar del todo en aquel mundo.


—¿Tú qué vas a hacer? —le preguntó Rolf—. Ahora que me has encontrado..., ¿no satisface eso los deseos de nuestro padre?


—No estoy seguro —contestó sinceramente—. En parte estoy contento y me digo que por fin soy libre...


—¿Libre para hacer qué?


—Ése es el problema. No estoy seguro. Simplemente libre, supongo. Otra parte de mí argumenta que debo volver. Seguramente no debería decirte eso, pero ¿sabías que en una página de Enter-net sobre historia dice que nuestro padre murió en el año 999? Sólo un año después de que yo partiera. Tal vez, si vuelvo, pueda impedir su paso al Valhalla. Y hay otra cosa. En esa página web vi una fotografía de mi espada, la misma que llevo ahora. Decía que fue enterrada en mi túmulo funerario. Seguramente eso significa que he de volver.


—Esa página web decía también que el túmulo funerario era para mí, y yo no voy a volver. Debe de ser un error. —Rolf frunció el ceño, malhumorado.


—No sé —contestó Jorund con pesadumbre—. Puede que muriera lejos de casa. Lo único que sé es que nuestro padre no puede seguir ignorando tu destino..., antes de morir—añadió esto último con un gemido sofocado de dolor. Todos los Ericsson amaban a su padre.


Rolf le puso una mano sobre el hombro.


—Merry-Death es especialista en estudios medievales y dice que las fechas de la historia del siglo X rara vez son precisas. Además, no es culpa tuya.


—Es nuestro padre —sollozó Jorund.


—Sí, lo es, y aunque no espero volver a verlo en esta vida, mi decisión de quedarme aquí no significa que lo quiera menos.


—Pero es una crueldad no avisarle de que estamos (quiero decir, de que estás) bien.


—Te diré una cosa, hermano: tú has sido siempre el que te echabas a la espalda toda la responsabilidad del mundo.


Jorund dio un respingo.


—¿Qué disparate es ése?


—No es ningún disparate. Muchos hombres se habrían negado a casarse con Inga si les hubiera engañado como te engañó a ti, pero tú te sentías responsable. Muchos habrían perdido a sus hijas sin sentir la culpa que a ti te abruma, pero tú te sientes responsable. Muchos habrían considerado cumplido el deber para con su padre al completar su misión, pero tú sientes la necesidad de ir a decírselo a él en persona. ¿Cuándo acabará tu responsabilidad hacia los demás y tendrá prioridad tu propia felicidad?


Jorund sabía que Rolf lo decía con buena intención, y mucho de lo que afirmaba era cierto, pero él tenía un fuerte sentido del deber. No podía cambiar. Ni quería. Al menos, eso era lo que se decía. En el fondo, no estaba tan seguro.


—¿Qué me dices de tu Mag-he? ¿También te sientes responsable de ella?


Él movió la cabeza de un lado a otro.


—Mag-he lo entiende.


—¿De veras?


Jorund ladeó la cabeza.


—¿Lo pones en duda?


Rolf se encogió de hombros.


—No sé. Sospecho que ahora mismo estás confuso, y no quiero que te precipites.


—No voy a hacerlo —prometió—. Entre tanto, estoy obligado a asistir a un concurso de canto en Nochevieja. Va a actuar una de las parientes del manicomio... quiero decir, del centro de salud mental. —Sonrió a su hermano al hacer esta puntualización—. Luego, en febrero, es el cumpleaños de Sue-zee y Beth. Seguramente debería quedarme hasta entonces. Y en abril Beth piensa hacer una gran marcha de protesta hasta el parque acuático, y me ha pedido expresamente que vaya a apoyarla, pero...


—¿Más responsabilidades? —Rold sonrió sagazmente.


—Además, me encantaría quedarme hasta saber qué pasa con Josh y Reva. —Agachó la cabeza, avergonzado.


—The Guiding Light! ¿Tú también lo ves? Ah, es una de mis series favoritas.


—¿A que serían unos vikingos perfectos?


—Se lo he dicho más de una vez a Merry-Death. Y, en mi opinión, Alan Spaulding sería un auténtico villano vikingo. Igualito que Storr Grimmson.


—Que está muerto, por cierto, gracias a los hombres de nuestro padre. Ten por seguro que, antes de morir, sufrió un largo suplicio en represalia por hundir tu barco.


Rolf asintió con la cabeza.


—Puede que mientras hablamos esté fornicando con Hel, la reina de los muertos, en su morada de hielo en Niflheim.


Se sonrieron el uno al otro al recordar que eran de mentalidades parecidas.


—¿Sabes, Rolf?, en este país hay muchas cosas que son mejores que en el nuestro, pero tanto derroche me molesta.


—Es increíble, yo tuve la misma sensación cuando llegué. ¿Cómo pueden los hombres seguir siendo hombres si no se necesita su arduo esfuerzo para llevar comida a la mesa y tener un techo?


Jorund asintió con la cabeza.


—Y dan por sentada toda esta abundancia. Cuando la riqueza llega tan fácilmente, no se valora. Y te diré otra cosa: eso de que los hombres y las mujeres son iguales no son más que zarandajas. Los hombres son hombres, y las mujeres, mujeres. Cada uno tiene sus tareas correspondientes... ¿Por qué te sonríes?


—Porque mi mujer te daría con un remo en la cabeza si te oyera hablar así.


—Mag-he sin duda haría lo mismo, pero eso no significa que sea menos cierto. —Jorund levantó la barbilla con aire desafiante.


Se dieron unas palmadas en el hombro y echaron a andar hacia el castillo. Empezaba a oscurecer a pesar de que era temprano, y la nieve arreciaba. Jorund inhaló una profunda bocanada de aire frío. Igual que en casa, pensó.


—Te diré una cosa que me gusta de este país. —Rolf movió las cejas con expresión maliciosa—. El brecking.


—¿El brecking? ¿Qué demonios es eso?


—Verás, me he aficionado a un jabón para el pelo que se llama Breck. Ya no se vende en este país, pero Merry-Death y yo compramos un montón de cajas en un almacén de saldos. El caso es que no hay nada más delicioso que lo que un hombre y una mujer pueden hacer juntos en la ducha con Breck. —Giró los ojos con elocuencia—. El brecking.


—Sí, ya sé de qué me hablas. Se puede hacer lo mismo con gel.


Rolf se quedó boquiabierto. Por lo visto no esperaba que su hermano se hubiera adaptado tan bien como él al mundo moderno.


—¿Por qué te sorprendes tanto?


—Porque antes no eras tan frívolo. A decir verdad, desde que éramos niños siempre fuiste muy serio.


—¿Frívolo? ¡Bah! ¿Qué tiene de frívolo el sexo? ¿Creías que era un monje sólo porque me dedicaba al sombrío arte de la guerra?


Rolf le sonrió. A decir verdad, pensó Jorund, ese día su hermano se estaba riendo mucho a su costa.


—A este país le atribuyo dos méritos: los Big Macs y las patatas fritas —comentó Jorund—. Nunca había comido manjares tan exquisitos, ni siquiera en la corte de Bizancio.


—¡Ja! Para mí el manjar más delicioso de todos son las galletas Oreo.


—¡Demasiado dulces!


—¡Demasiada grasa!


Iban a ponerse a discutir la cuestión, pero al final se encogieron de hombros.


—Hay una cosa extraordinaria que he notado en este país... —comenzó a decir Jorund, y luego se detuvo. ¿Para qué darle a su hermano más motivos de chanza?


—¿Cuál? —inquirió Rolf—. No te pongas tímido ahora, hermano.


Jorund sabía que iba a arrepentirse por haberse apresurado a hablar, pero... «¡Qué demonios!» Ésa era una expresión muy útil que le había enseñado Steve. Con los ojos a media asta, comenzó a decir lentamente:


—Bueno, ¿ tú has notado que en este país tu tranca es mucho más grande?


Al principio, Rolf se limitó a mirarlo con pasmo. Luego su mirada descendió hasta posarse en su entrepierna.


—¿Esa tranca?


—Claro que esa tranca. ¿Cuál va a ser, si no?


—¿Y la tuya es más grande aquí?


—Inmensa.


—Mientes —respondió Rolf con sorna—. Enséñamela.


—No miento, y no pienso enseñártela. Además, sólo me crece cuando estoy con Mag-he.


—Pedazo de alcornoque, a todos los hombres les crecen sus partes cuando sus mujeres les excitan.


—Ya lo sé —dijo Jorund con fastidio. Su hermano le hablaba como si fuera un crío sin experiencia—. Pero te estoy diciendo que es enorme. No grande, enorme.


—Creo que el viaje en el tiempo te ha distorsionado la vista.


—Y yo creo que nunca volveré a contarte un secreto.


—Eso no es un secreto. Es una noticia de gran importancia. Todos los vikingos del Viejo Mundo querrán viajar al futuro con la sola esperanza de conseguir... un buen nabo.


Iban riendo a carcajadas cuando entraron en la torre del homenaje.


—¿De qué porras os reís? —preguntaron Merry-Death y Mag-he al mismo tiempo.


Pero ellas no podían entender por qué aquella sencilla pregunta hizo que los dos hermanos rompieran a reír con risotadas aún más histéricas.










Tres días después llegó el momento de volver a casa.


Suzy y Beth se habían montado ya en el coche de alquiler, pero tenían las ventanillas bajadas y estaban aprovechando los últimos minutos para despedirse de sus nuevos amigos. Hubo promesas de intercambiarse e-mails y futuras visitas.


Mike Johnson, que no había parado de hacer fotografías durante su visita, estaba tomando las últimas instantáneas: fotos de grupo, individuales, combinaciones de todo tipo. Esa tarde iría a la tienda de revelado rápido, y había prometido mandarles copias a Texas en cuanto estuvieran reveladas.


—Volved cuando queráis —dijo Meredith mientras abrazaba a Maggie con afecto—. Esto es precioso en verano.


—Quizá. —Maggie le devolvió el abrazo.


Era extraño, pero Rolf y Meredith les habían acogido a las niñas y a ella como si fueran de la familia. Y, sin embargo, no lo eran. Su único vínculo con la familia de Rosestead dependía de si Joe se quedaba con ella. Y eso no era en absoluto seguro.


Allí, en la aldea, Maggie había visto una faceta distinta de Joe. Estaba en su elemento, vestía con ropajes vikingos, hablaba en nórdico antiguo, enseñaba a manejar la espada a los jóvenes y jugaba a juegos de mesa vikingos como el hnefatafl, echaba pulsos con su hermano, hacía carreras a pie y a caballo, bebía aguamiel dulce de un cuerno labrado a mano, ayudaba a tallar con una azuela en el taller del astillero de Rolf, cortaba leña como un poseso y hablaba de su otra vida..., una vida que Maggie no podía comprender, y menos aún compartir.


En el fondo, Maggie sentía que Joe quería regresar a su época. Rolf había logrado adaptarse a la vida moderna, pero él contaba con una habilidad, la construcción de barcos, que aún se valoraba en el mundo moderno. ¿A qué se dedicaría Joe si se quedaba? ¿Qué clase de trabajo podía haber para un hombre que empuñaba una formidable espada? ¿Cuánto tiempo tardaría en resentirse su autoestima? ¿Se convertiría en un infeliz... como su amigo Steve?


Y Maggie tampoco lo veía yendo a trabajar con su hermano. Aquél era el hogar de Rolf..., su pequeño oasis en el mundo moderno. Dos hombres fuertes e independientes como ellos no podrían compartir el liderazgo sin acabar chocando.


—No te impacientes.


El consejo de Meredith la sacó de sus cavilaciones.


—No estaba...


—Chist —dijo Meredith con suavidad, y alargó la mano para enjugarle una lágrima de la mejilla con un pañuelo de papel.


Maggie ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando.


—Creía que el único obstáculo para que Joe se quedara aquí, conmigo y con mis hijas, era encontrar a su hermano —confesó—. Pero ya le ha encontrado, y no ha dicho ni una palabra desde que llegamos. Su silencio es muy elocuente.


—Probablemente significa que está confuso —dijo Meredith.


—Sí, y no entiendo por qué —sollozó Maggie.


Meredith reflexionó un instante antes de contestar.


—Estos vikingos tienen que decidir por sí mismos. No piensan ni actúan conforme a los caprichos de las mujeres. ¿Sabías que Rolf me dejó un mes y medio antes de que volviéramos a estar juntos? Me dejó creer que estaba muerto o que había regresado al pasado.


—¡No! —exclamó Maggie. Y luego añadió—: ¿Y no le diste un buen porrazo en la cabeza cuando te enteraste?


—Claro —contestó Meredith con una risita—. Rolf tuvo que viajar a Noruega y luego a Inglaterra para encontrar respuesta a algunas incógnitas antes de tomar la decisión de quedarse conmigo.


—¿El amor no era suficiente?


—No, no era suficiente.


Maggie se concedió un momento para asimilar las palabras de consuelo que le ofrecía Meredith.


—Pero puede que Joe sea distinto. Puede que decida que lo mejor es volver a su época.


—Tal vez —contestó Meredith—. Tienes que estar preparada para eso.


—Lo intento. De hecho, creo que he estado armándome de valor por si eso ocurría casi desde que lo conocí. Esta relación cantaba a desengaño desde el principio.


—No —precisó Meredith—. Sospecho que cantaba a amor para toda la vida desde el principio. El hecho de que también pueda haber cierto desengaño es secundario.


—Eres muy sabia. Deberías haber sido psicóloga —dijo Maggie, riendo.


—Vuelve —le dijo Meredith, repitiendo lo que ya le había dicho antes—. Pase lo que pase... vuelve.


—Lo haré —prometió Maggie, y abrió la portezuela del coche, pero esperó a Joe antes de entrar—. Pase lo que pase.










Jorund se había despedido de su hermano. Era hora de irse.


—¿Volveré a verte, Jorund? ¿Alguna vez?


Él se encogió de hombros.


—Podrías venir a Tasas. Y hasta podríamos comprarte un par de botas de vaquero. Por ti, puede que incluso me anime con el baile tejano.


Rolf, que no se dejaba engañar por los intentos de bromear ni por las evasivas de su hermano, sonrió con tristeza.


—No sé —contestó Jorund por fin.


Rolf dejó escapar un bufido exasperado.


—¿Por qué siempre complicas tanto las cosas? Es una decisión muy sencilla, la verdad.


—¿Lo fue para ti?


—No, pero mi situación era distinta.


—¡Ja! Eso dices ahora.


—Jorund, yo creía que tenía que volver para completar la misión que me había encomendado nuestro padre..., una misión distinta a la tuya, lo reconozco, pero misión al fin y al cabo. Cuando descubrí que ya no era necesario, regresé de inmediato con Merry-Death. Tú creías lo mismo, que debías llevar a cabo el encargo que te hizo nuestro padre, pero tu tarea está cumplida.


—No estoy seguro de eso.


Rolf le tiró del pelo, que se había dejado suelto y cuyos mechones rubios oscuros caían como una ringlera de mies sobre sus hombros.


—Eres condenadamente terco.


Jorund levantó las cejas con aire sardónico.


—¿Como tú, acaso?


Rolf se echó a reír y, pasándole un brazo por los hombros, le estrechó con fuerza mientras echaban a andar hacia el coche.


—Yo no soy como tú, Rolf —intentó explicar por última vez—. Necesito dejar las cosas acabadas, de una manera o de otra. No soportaría quedarme aquí sabiendo que tenía responsabilidades en otra parte y que las descuidé para satisfacer mis caprichos. No soportaría vivir aquí sabiendo que en cualquier momento esa maldita ballena podría hacerme dar otra vez un salto en el tiempo. No soportaría quedarme y forjar lazos fuertes con Mag-he y con sus hijas sólo para marcharme luego y hacerles daño.


—¿Amas a esa mujer, Jorund?


—Claro que sí.


—Entonces ya sabes la respuesta, alcornoque.


Él miró a Mag-he, que estaba de pie junto a la portezuela abierta del coche, con el pelo corto salpicado de copos de nieve. Ella lo miró como si intuyera lo que estaba pensando. Había lágrimas en sus ojos brumosos y azules, y Jorund comprendió que no lloraba por dejar Rosestead..., sino por él.


La certeza de que podía herir a aquella mujer con tanta facilidad era para él como una puñalada en el corazón. Sí, ya tenía su respuesta.


Mejor un pequeño corte ahora que una herida abierta después.










Era Nochevieja en el Boot Scootin' Cowboy.


Tres mesas completas de diez plazas cada una ocupaban los amigos de Natalie Blue, incluidos sus familiares, los miembros del grupo de terapia y algunos empleados del Rainbow..., entre ellos el nuevo propietario, Jerome Johnson, y su encantadora esposa Freda, muy aficionada a la música country. En el local, lleno hasta la bandera, reinaba por ser Nochevieja un ambiente festivo al que contribuían los adornos resplandecientes, el confeti, los sombreros de broma y los matasuegras.


Pero había también tensión en el aire debido al concurso de nuevos talentos, que estaba a punto de comenzar. Los jueces empezaban a tomar asiento junto a las largas mesas plegables colocadas en el centro de la pista de baile vacía. Había entre ellos varios presentadores de programas de música country de radio y televisión, un productor discográfico de Nashville, un agente cazatalentos y algunas otras celebridades locales.


La tensión no se dejaba sentir sólo en el aire. Maggie miraba a Joe, que no paraba de removerse en su silla. Cada par de minutos echaba un vistazo hacia la puerta, como si esperara a alguien. De hecho, había insistido en que dejaran libres un par de sillas de su mesa, al otro lado de Steve, que estaba sentado junto a él, muy elegante con una americana de espiguilla, pantalones de vestir grises y polo blanco con el cuello abierto. Desde su regreso de Maine, hacía unos días, Joe y él salían a correr como parte del programa de ejercicio físico del Rainbow. Mientras que a ella Joe seguía pareciéndole tan en forma como siempre, la apariencia de Steve había cambiado decididamente a mejor. Su tez ya no era pálida, sino morena y lozana. Siempre había tenido una complexión atlética, pero ahora había en su porte algo que parecía haber cambiado. Maggie comprendió de pronto que se movía igual que Joe... con aplomo.


—Has sido una buena influencia para Steve —le comentó a Joe.


—¿Tú crees? —Sus labios se curvaron hacia arriba con genuino placer. Dios, qué guapo era. Esa noche llevaba el pelo peinado hacia atrás con gomina y recogido en su coleta de costumbre, y se había afeitado, de modo que tenía la piel muy tersa. El día anterior, una visita al centro comercial había dado como resultado el vestido rojo de lentejuelas y los zapatos negros de tacón alto que llevaba ella (todo ello escogido por Joe, que había acompañado la elección de su ropa con unas cuantas miradas ardientes y un par de guiños), y el traje azul marino, la camisa blanca y la corbata de él. La corbata, que era en su opinión un instrumento de tortura, se la había puesto a regañadientes. Le parecía especialmente importante encajar esa noche en lo que consideraba la imagen del hombre moderno. Llevaba, naturalmente, botas de vaquero (otro instrumento de tortura, a su modo de ver), así que Maggie supuso que se trataba de la imagen del hombre tejano moderno.


—Sí, lo creo. La actitud de Steve ha cambiado por completo, en gran parte gracias a tu relación con él.


—A eso, y a que su médico nuevo le recetó Viagra. —Joe le sonrió mientras hablaba. Más de una vez había expresado su asombro porque hubiera en el mundo moderno una bolita azul capaz de obrar semejante milagro. Más serio, comentó—: ¿Sabes?, en la cultura escandinava la valía de un hombre suele medirse por cómo lucha. El Valhalla, la morada de los dioses, sólo está abierto a los guerreros que mueren en batalla. Pero he estado pensando que quizá la verdadera medida de un hombre estribe en cómo influya en la vida de los otros antes de su muerte.


A Maggie se le encogió el corazón ante semejante muestra de sensibilidad viniendo de alguien que, en el fondo, era un hombre primitivo.


—Piénsalo bien, Mag-he. ¿Qué vale un hombre, aunque sea el más grande soldado de su tiempo, si en su vida cotidiana pisotea a los que le rodean? Créeme, conozco a muchos así, y se les considera héroes.


—Para mí, el verdadero héroe eres tú —dijo ella en tono algo burlón, aunque hablaba sinceramente.


Joe le puso una mano sobre la nuca y la atrajo hacia sí para darle un rápido beso en la coronilla.


—Gracias, amorcito. —Luego le frotó el cuello con la nariz—. Qué bien hueles. Creo que, aunque pasen años, no podré volver a oler las lilas sin acordarme de ti.


Se oyó en ese momento un redoble de tambor, las luces se atenuaron y un foco iluminó el escenario. La competición estaba a punto de empezar. Pero Maggie seguía pensando en las últimas y reveladoras palabras de Joe. Él, posiblemente, no se daba cuenta de lo que había insinuado de manera inconsciente. Aquel hombre exasperante estaba contemplando un futuro sin ella; Maggie lo sabía. No habían hablado del futuro desde su regreso de Maine, aunque aquella cuestión permanecía siempre entre ellos, acechante y sigilosa. Ella no le había presionado para que tomara una decisión por miedo a lo que diría. Y él no había sacado a relucir el tema, sospechaba Maggie, porque seguía confuso.


Aquél no era un principio muy prometedor para el nuevo año.










Seis concursantes habían actuado ya cuando se hizo un descanso y las luces volvieron a encenderse. Natalie actuaría en la segunda ronda, y tras ver y escuchar a los talentosos participantes de la primera parte (cantantes, guitarristas, cómicos, bailarines de claqué), estaba hecha un manojo de nervios.


Todo el mundo estaba pidiendo bebidas o aprovechaba para ir al servicio a la carrera o para conversar en voz baja cuando Joe se enderezó y se quedó mirando la puerta. Los demás, al notar la extraña intensidad de su semblante, siguieron la dirección de su mirada. Steve fue el último en mirar porque estaba de espaldas a la puerta y tuvo que estirarse para mirar hacia atrás. Entonces se levantó tan bruscamente que tumbó la silla.


Clavó la mirada en la puerta y luego miró con furia a Joe.


—¡Hijo de puta entrometido! —bufó. Pero al instante volvió a fijar su atención en la puerta.


Había allí una mujer de unos cuarenta y cinco años, alta y delgada, poseedora de un atractivo natural y sin artificios. El pelo rubio le caía, recto, sobre los hombros. Llevaba un sencillo pichi vaquero debajo de una gruesa chaqueta de invierno forrada de lanilla..., lo cual resultaba chocante estando en Texas. En la mano sujetaba un pequeño bolso de viaje.


Steve se llevó una mano a la boca y dejó escapar un tenue gemido. En sus ojos las lágrimas empezaban a formar charqui-tos verdes.


—¡Shelley! —exclamó entonces, lleno de alegría a pesar de que parecía clavado en el sitio.


Aunque todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, la escena que siguió pareció desarrollarse a cámara lenta. Ella soltó el bolso y corrió hacia Steve por el caminito que los espectadores, llenos de curiosidad, habían abierto entre ellos.


—¡Steve! —dijo prácticamente gritando, y se arrojó en sus brazos.


Se abrazaron con fuerza, como si temieran separarse, mientras Steve repetía una y otra vez:


—¡Ah, Shelley! ¡Shelley! ¡Shelley!


Y ella decía:


—¡Serás bobo! ¿Cómo pudiste marcharte? ¿Cómo pudiste esconderte de mí todos estos años? ¡Bobo, más que bobo!


—Lo hice por ti —dijo él.


—¿Por mí? Estuviste a punto de matarme. Creía que volverías cuando entraras en razón. Al principio fue una semana. Luego, un mes. Luego pasaron años. Eres un tonto de remate si de veras crees que me ayudaste marchándote. —Todavía agarrada a sus hombros, echó la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Me dan ganas de matarte.


Él asintió con la cabeza y la besó con el sentimiento que había ido acumulando durante más de diez largos años.


Por fin ella lo apartó suavemente y le hizo una seña a alguien para que se adelantara..., alguien que debía haber permanecido tras ella en la puerta. Era un niño.


—Hay alguien a quien quiero presentarte —dijo Shelley con la voz entrecortada.


Cogió al niño de la mano. El crío tenía unos nueve años, el cuerpo fibroso y atlético y los ojos de un peculiar color verde. En la camiseta, bajo la cazadora vaquera que llevaba, se leía: Mi PADRE ERA UN SEAL DE LA ARMADA.


Al principio, Steve se quedó mirándolo inexpresivamente; luego se llevó las manos a la cara para sofocar los suaves sollozos que se habían apoderado de él.


Shelley no tuvo compasión.


—Steve, permíteme presentarte a Steven Askey júnior.


Steve dejó caer las manos y murmuró:


—¡Dios mío!


—¿Papá? —El crío miraba con adoración a un hombre al que nunca había visto en persona.


Sólo entonces Steve le tendió los brazos y, levantándolo en vilo, le dio un fuerte abrazo.


—¡Hola, hijo!










Una hora después, Maggie tuvo por fin ocasión de decirle a Joe:


—Cuéntame cómo encontraste a la mujer de Steve.


—Fue Beth.


—¿Beth?


—Sí, fue ella quien me dijo que en Enter-net se puede encontrar a cualquiera. Y la encontramos.


—No lo entiendo.


—Al parecer, las fotos que le hicieron a Steve en el muro de los guerreros y que salieron en el periódico, viajaron a través del país gracias a no sé qué servicio telemático, sea eso lo que sea —explicó—. Shell-he vio la foto en un periódico de Idaho y desde entonces estaba intentando localizar a Steve. Pero en vano. No se le ocurrió mirar en los manicomios... en los centros de salud mental, quiero decir. El caso es que Beth y Sue-zee me ayudaron a llamarla por teléfono a Idaho cuando encontramos su mensaje en Enter-net.


Maggie tardó unos minutos en asimilar todo lo que le había contado.


—¡La muy traidora! ¡Le oculta un secreto a su madre!


—No te enfades con ella. Temía (y yo también) que no te pareciera bien que me entrometiera de ese modo en la vida de Steve.


—Y no me habría parecido bien.


—Sí, pero mira lo bien que ha salido todo.


—Sí, eso no puedo negarlo —respondió Maggie—, pero, como psicóloga, debo decir que la terapia de choque no es un procedimiento estándar. Al eliminar todas las cautelas (como disponer de un escenario privado, suprimir el elemento sorpresa, pedir permiso) esto podría haber sido igualmente un desastre.


Joe soltó un gruñido.


—Ya estamos otra vez con el problema del control, ¿no?


Ella tuvo que echarse a reír.


—Puede que tengas razón. De cualquier modo, todo ha salido bien, pero ¿te importaría hacerme un favor? En el futuro, consúltame primero.


Él asintió enérgicamente con la cabeza, lo cual significaba que haría, como siempre, lo que le viniera en gana.


—Estás preciosa esta noche, cariñito —dijo entonces. Tenía por costumbre cambiar de tema sin avisar, pero a veces de la manera más agradable.


—Tú también estás muy guapo, compañero.


—¿Llevas bragas debajo de ese minúsculo vestido?


—¿Minúsculo? Pero si lo elegiste tú.


—Sí, así es. —Sonrió con aquella sonrisa lenta e indolente que ella adoraba.


—No, no llevo.


—Entonces es una suerte que Sue-zee y Beth vayan a pasar la noche con esa chica-canguro.


A Maggie también le parecía una suerte. Había pasado una semana desde que no hacían el amor, y sentía la necesidad de estar con él. Temía que, si no reforzaban su amor, Joe acabaría distanciándose de ella. Una preocupación irracional, suponía, pero ¿cuándo había sido racional el amor?


—¿Cómo te enteraste de que Steve tenía un hijo, por cierto?


—No lo sabía hasta que llamé a Shell-he por teléfono.


—¿Cómo es posible que tenga un hijo si siempre ha dicho que es impotente?


—Ah, pero acuérdate de que dijo que llevaba diez años sin hacer el amor. Al parecer, la última vez fue un fracaso por su parte, y por eso se fue tan de repente. Pero el fracaso no lo fue tanto y bastó para plantar su semilla en el cuerpo de su esposa.


Ella asintió con la cabeza.


—¡Ay, mira! Ya casi le toca a Natalie. Espero que vuelvan pronto. —Steve y su recién encontrada familia se habían ido a hablar a un reservado para empezar a anudar nuevos lazos. Natalie acababa de salir al escenario cuando volvieron a deslizarse en los asientos vacíos. Parecían extasiados de felicidad. Steve y Shelley tenían los dedos entrelazados y él miraba sin cesar a su hijo.


Natalie era la penúltima de los doce concursantes anunciados. Decir que estaba nerviosa habría sido quedarse corto. Llevaba toda la velada saliendo fuera con su madre a tomar el aire. Maggie sólo esperaba que no sufriera un ataque de agorafobia, además del consabido miedo escénico.


—Señoras y caballeros, nuestra siguiente concursante es la señorita Natalie Blue —dijo el presentador con fuerte acento tejano—. La señorita Blue quería que les dijera a todos ustedes que esta canción está dedicada a los chicos del Rainbow..., pero sobre todo al vikingo responsable de que esté aquí. No tengo ni idea de qué quiere decir con eso, pero démosle un fuerte aplauso de bienvenida a esta preciosidad de Galveston... ¡la señorita Natalia Blue!


El escenario quedó a oscuras, y acto seguido un solo foco iluminó a la joven que permanecía de pie, sola sobre la tarima. Estaba muy guapa con sus vaqueros negros, muy ceñidos, y una camisa vaquera de vestir decorada con flecos de fantasía. Lo malo era que parecía temblar dentro de las botas.


La banda le dio la entrada con un ligero rasgueo de guitarras. Maggie contuvo el aliento. ¿Se quedaría paralizada Natalie, o saldría corriendo? Aquélla era una prueba atroz para cualquiera, pero sobre todo para alguien con su historial. ¿No estarían esperando demasiado de ella?


De pronto la voz de Natalie surgió como un torrente, llenando todo el local con su timbre límpido, vibrante y conmovedor.


—I... fall to pieeeeces... —Comenzó a cantar el viejo éxito de Patsy Cline y, cuando acabó, el local se vino abajo con los aplausos. Patsy nunca había cantado tan bien como ella aquel clásico del country. El público, puesto en pie, la recompensó con una gran ovación.


Al final de la velada, ganar la sesión de grabación gratis en Nashville fue lo de menos. Esa noche, Natalie había conseguido su mayor logro en un local de copas de Galveston.


Maggie miró a Joe y sonrió.


—Ha sido una noche maravillosa, ¿verdad?


Él asintió con la cabeza.


—Ven, vamos a bailar. Es casi medianoche. —Maggie ya le había explicado cómo solía celebrarse la última noche del año.


—¿No quieres un poco de champán?


Él movió la cabeza de un lado a otro.


—Prefiero embriagarme contigo.


Ella se echó a reír.


—Eres un embaucador.


Y de pronto llegaron las doce y la banda empezó a tocar Los tiempos pasados, los matasuegras se dispararon y Maggie se encontró en brazos de Joe. Se dieron un beso cálido y maravilloso. Maggie no pudo evitar preguntarse qué les depararía el año nuevo, pero se negaba a permitir que sus sombríos pensamientos le aguaran la fiesta.


—Feliz año nuevo, Joe.


—Feliz año nuevo, Mag-he.


Mientras todos cantaban la canción, al llegar a la parte en la que habla de los viejos amigos que nunca se olvidan, Joe le susurró al oído:


—Nunca te olvidaré, amor mío. Nunca.


Pero en lugar de animarla, a Maggie sus palabras le sonaron a toque de difuntos.






4 Tu opinion es muy importante:

Laura dijo...

Q capitulo estubo muy lindo Jorund disfruto al estar con Rolf q bueno x los hermanos asi estan muy felices,q lindo Joe reunio a una familia se ve q el tiene muy buenos sentimientos,y esa frase q le dijo a Maggie no me gusto sono como a una despedida ojala el no se vaya xfa!!...

bell.mary dijo...

Me encanto el capitulo creo que la visita a Rolf le fue muy reconfortante a Joe pudo disfrutar de su hermano y compartir ciertas cosas con el, en verdad que Joe tiene muy buenos sentimientos siempre pensando en hacer algo para los demas como en el caso de Steve que le ayudo a encontrar a su familia, lo unico malo es que creo que tiene pensado irse y dejar a Maggie o eso me parecio cuando le dice que nunca la olvidara,,,,,,,, bueno mejor me espero a leer el siguiente capitulo para ver que sucede.....Gracias Noe por compartir esta linda historia...Besos

nydia dijo...

Me fascino el capitulo la unión que comparten los hermanos me encantan .Sigue asi nena,besos....

Leticia dijo...

Que capi más agridulce, me mori de risa por la interacción entre Rolf y Joe, jajajaj me encantó esa parte, pero me dan ganitas de llorar porque Joe se quiere ir :'(
Me gustó mucho que se encontraran los hermanos.
Ya no falta mucho para que termine la historia verdad???
Bueno nos leemos después, besos.

About

ir arriba